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miércoles, 26 de junio de 2013

Brujos, Asesinos en Serie y Bestias Diabólicas: Licántropos calumniados


Nunca he entendido la mala prensa que tiene el lobo y que explica el terror del vulgo al imaginarse que un hombre pueda tomar una apariencia lobuna. Los lobos son animales inteligentes, organizados,  tienen más sentido de clan que Tywin, son más paternales que Ned Stark,  y son más fieles que Jaime Lannister. Sin embargo, hay episodios históricos que explican el pavor que el humano siente por el canido y de ahí surge la repugnancia por la licantropía.



El mayor conflicto entre lobo y hombre es de índole económica. Los lobos son muy amigos de la carne roja lo que los trae en guerra perpetua con los ganaderos, pero eso no explica ese temor místico por el lobo. En general, el lobo no ataca al hombre a menos que se de una de estas circunstancias: a) el animal se sienta atacado, b) sufra de hidrofobia u otra enfermedad que le nuble la razón (si, con lobos se puede hablar de razonamiento)  y c)  o tenga mucha, pero mucha hambre.

Incluso en un periodo de hambruna, el lobo ejerce autocontrol, puede pasarse más de una semana sin comer, raciona sus piezas de caza y en las manadas se ejerce un tipo de control de natalidad (solo la Alfa puede preñarse) para evitar bocas inútiles. El lobo aunque carnívoro, no necesita comer solo chuletas de cordero. Su dieta es variadísima abarca roedores, pescado, reptiles hasta insectos. Si es necesario revierte a herbívoro, o vegetariano. Hace unos años, una manada ucraniana se zampó todo un cultivo de sandías.

Si el gran problema con el lobo es que es ladrón de ganado, no se entiende el miedo que provoca. A menos que revisemos circunstancias históricas y condiciones creadas por el mismo hombre que convirtieron a las manadas europeas en peligrosos monstruos.

¿Parecen  tener aspecto de peligrosos asesinos?


El final de la Alta Edad Media fue marcado por una terrible catástrofe: La Peste Negra. Esta pandemia destruyó comunidades completas y aisló a otras. En su A Distant Mirror (Un espejo distante), la historiadora Barbara Tuchman cuenta que por entonces los lobos descendieron de los Alpes Dináricos hasta el puerto dálmata de Ragusa (hoy Dubrovnik, Desembarco del Rey para los Troneros) a devorar cadáveres y agredir a los vivos. No debe haber sido el único caso.

Otro desastre causado por el hombre, marca el final del Medievo y también comprende otra jaquerie lobuna. Hablo de la Guerra de los Cien Años. En la Francia arrasada, las granjas ya no dan abasto, las criaturas del bosque perecen y los lobos no tienen que comer. Se vuelven audaces y en 1450 invaden Paris liderados por un gigantesco lobo cuya inteligencia y dinamismo obligan a tratarlo de manera antropomórfica, el populacho incluso lo dota de nombre: Courtaud.El nombre de este lobo rojo no le impide morir. Como mártir de su causa, Courtaud  es apedreado junto a los suyos en la propia Catedral de Notre Dame, pero no antes de haberse zampado a cuarenta parisinos.

Estos sucesos crean esa impresión del lobo como un animal más fuerte y sagaz que el humano, por lo tanto mucho más peligroso que otras bestias. Un siglo más tarde, estas leyendas ayudarán a concebir la creencia de que hay personas que quieren ser lobos para poder conseguir sus nefastos propósitos. La Inquisición, en su incesante cacería de brujas, torturará a muchos bajo la impresión de que gracias a pociones, pomadas y pactos diabólicos se vuelven lobos cuando les apetece hacer daño.

Muchas veces, el acusado de licantropía es un Hannibal Lecter, un desequilibrado asesino serial que bajo tortura jura poder metamorfosearse en lobo. Esos son los casos de Los Brujos de Valais en Suiza, de Peter Stumpp en Alemania y de  Giles Garnier en Francia. Más suerte corrió Manuel Blanco Romasanta que en 1853 en el último juicio de licantropía de la historia, es condenado por las autoridades de Orense a la pena capital. La intervención de médicos  que lo creen demente, y de la propia Reina Isabel II, consiguen conmutar su pena y Romasanta muere en la cárcel de Ceuta victima de cáncer estomacal. ¿Sería por sus hábitos caníbales?


En siglos en que el hombre vive en guerra con sus vecinos y en que los campesinos  oprimidos y desprotegidos, son más vulnerables al ataque de lobos, estos siguen siendo motivo de preocupación para as autoridades. La Francia de Luis XV se caracteriza por ataques muy sonados de manadas que causan terror en Soissons, en Perigord y por sobre todo en Gevaudan donde aparece la legendaria “Bestia” que aun hoy confunde a los criptozoólogos. No así a los ocultistas que ven en este gigantesco y ultra inteligente lobo a un licántropo.



No todas las tradiciones primitivas son tan anti-licántropos. En muchas culturas indígenas de Norte América, la licantropía es un privilegio del chaman que las usa para hacer el bien. Lo mismo ocurre entre algunas etnias turcas. Los hombres-lobos de los Países Bálticos eran considerados beneficiosos ya que ayudaban a encontrar tesoros. En la tradicion nórdica los “beserkers” se cubrían con pie de lobo y permitían que el espíritu del animal entrase en ellos (warging en reverso) para poder ser más aguerridos y útiles en el campo de batalla.

En Francia existe la poco conocida leyenda de las “lupines”, mujeres licántropas que se caracterizan por su timidez, tienen el don de poder hablar y su mayor actividad es aullarle a la luna. Inclusive en “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, Cervantes muestra a los brujos-lobos como gente cortés que le advierten al intruso que se aleje para evitar mayores peligros. “"Español, hazte a lo largo y busca en otra parte tu ventura, si no quieres en ésta morir hecho pedazos por nuestras uñas y dientes".

Pero el más extraordinario relato de licántropos benévolos nos llega desde Livonia. A fines del Siglo XVII, las autoridades suecas (Livonia era parte de Suecia entonces) enjuician a Thiess de Kaltenbrunn, un octogenario acusado de hechicería. El anciano revela orgulloso ante la Corte que es un hombre lobo, pero de los buenos. Asegura ser parte de un grupo conocido coma los “Perros de Dios” que en tres festividades anuales (las vísperas de Santa Lucia, San Juan y Pentecostés) adoptan la forma de lobos y descienden a los infiernos a luchar contra brujos malos que asolan los cultivos y afectan la agricultura y el medio ambiente. Tan impresionados quedaron los jueces, que tras constatar la sanidad mental del acusado, lo condenaron solamente a diez latigazos y al destierro.

El episodio no seria más que otra manifestación de mente supersticiosa si no fuera porque en 1966 en  La batalla por la noche, el historiador italiano Carlo Ginzburg vuelve a investigar el caso. Ginzburg vincula las declaraciones de Thiess con el culto de los Benandanti que a fines del siglo XVI proliferaba en el noreste italiano.

(mirorenzaglia.org)


Los Benandanti aseguraban ser brujos buenos en guerra con sus contrarios los Malandanti, contra quienes luchaban adoptando la forma de muchos animales incluyendo la de lobos. Tal como los “Perros de Dios” los Benandanti buscaban proteger la agricultura local. Tristemente para ellos, La Inquisición no tuvo la tolerancia de los jueces suecos y erradicó el culto. Ser “hombre-lobo” era un crimen y eso quedo grabado en la imaginación popular.

El oscurantismo desaparece en el siglo XIX, y la licantropía se convierte o en una enfermedad en la que el paciente cree ser lobo, o un mito que solo tiene lugar en la ficción. El auge de la literatura terrorífica decimonónica no trae ninguna novela sobre licántropos, pero si muchos excelentes cuentos como “El lobo blanco de las Montañas de Hartz” del Capitán Marryatt;”La marca de la bestia” de Kipling y la comiquísima “Gabriel Ernesto” de Saki. A pesar de ser muy diferentes, estos cuentos comparten una visión: el licántropo es pernicioso y debe ser destruido.



El cine de Hollywood es quien dará fama al mito de licantropía. En 1935, con el auge de las películas de monstruos, la Universal lleva a los cines “The Werewolf of London”. Un científico ingles, en pos de una flor tibetana que solo florece en el plenilunio, es mordido por un lobo. De regreso a su patria pronto comienza a asustar a los londinenses en noches de luna llena. No es un gran filme ni una gran contribución al cine de terror, pero es recordada por una infame característica. Ahí por primera vez vemos ese grotesco disfraz que convierte al licántropo en un hibrido bípedo y peludo, mas encima vestido de gente.




Desde entonces que esta imagen fea y risible será usada para aterrorizar audiencias. Con “El Hombre Lobo” de 1941, Lon Chaney Jr. logra convertirse en uno de los actores más asociados con la imagen del licántropo y se crea toda una franquicia. Así el cine universal tendrá esa imagen del hombre-monstruo tan alejada de la majestuosa belleza del lobo. Los licántropos ficticios  se convertirán en un estereotipo. Sean estudiantes de secundaria como Michael Landon  en “I was a Teenage Werewolf” o nobles millonarios como Larry Talbot y Waldemar Daninsky, la contribución ibera al cine licantropico, el hombre lobo es un ente nocivo que debe ser exterminado. (Continuará)